5 de mayo de 2026

¿Dónde está la esperanza? Un llamado a la disputa por lo posible

Por: Andrés Mideros-Mora

Ecuador está en el fondo. En uno de esos fondos que cada día se profundizan un poco más. Lo más grave es que en medio de la crisis económica, la inseguridad y el debilitamiento institucional, que son reales y urgentes, hemos perdido la capacidad de imaginar una salida colectiva. Desde hace mucho tiempo no existe una idea que movilice a la sociedad en su conjunto. Mientras eso ocurre, el autoritarismo avanza en medio de la deliberada fragmentación política.

Hay que decirlo con claridad, porque de eso depende todo lo que sigue. La polarización no es una consecuencia del conflicto político. Es su instrumento de poder. Quienes concentran poder necesitan que los actores políticos y sociales se odien más entre sí de lo que rechazan el autoritarismo. Necesitan que cada partido defienda su cuota, que cada dirigente cuide su espacio, que cada movimiento priorice su exclusividad. Porque mientras eso ocurre, nadie disputa la alternativa. Y el tiempo, en política, siempre juega a favor de quien ya tiene el poder.

Entonces, hay que mirar de frente y con responsabilidad histórica lo que tenemos. Tenemos un Estado que no funciona. No como retórica, sino como experiencia cotidiana. La medicina que no llega, la escuela que no enseña, el trámite que no avanza, la justicia que no aparece, la calle que no es segura. Ese Estado roto no es un accidente. Es el resultado acumulado de la captura institucional, de nombramientos por lealtad y no por mérito, de presupuestos usados como botín, de controles convertidos en herramientas de persecución, de la vinculación con el crimen organizado. Un Estado así no redistribuye, no protege, no garantiza derechos. Solo reproduce la desigualdad que ya existe y profundiza la desconfianza de la ciudadanía en todo lo público.

Tenemos una economía que concentra riqueza por diseño. Las reglas favorecen a quienes ya tienen y desprotegen a quienes menos tienen. La productividad es baja, la dependencia de la explotación de la naturaleza es alta, y la informalidad es la respuesta de millones de personas a un sistema que no les ofrece otra opción. Detrás de los datos hay vidas concretas, los millones de personas empobrecidas en una sociedad que sigue siendo profundamente racista, clasista y machista, donde el apellido, el color de piel y el género siguen determinando las oportunidades. Eso no es inevitable. Es una elección política que se reproduce mientras no existe la voluntad colectiva de cambiarla.

Tenemos una clase política incapaz, en su conjunto, de ofrecer algo distinto a la derrota del adversario como proyecto. Los que se dicen de centro se venden por un cargo de segunda línea. Los marketeros de la política sirven al mejor postor. Los medios no interpelan al poder, repiten sus consignas por interés y por miedo. Y los analistas explican con precisión lo que ya sabemos, sin que eso cambie nada. En ese juego no hay país posible. Sin un acuerdo mínimo no hay derechos que se respeten, ni mercado que funcione, ni redistribución que alcance, ni libertad que se sostenga, ni empresa que invierta, ni justicia que ilusione.

Y, sin embargo, hay algo que vale la pena no olvidar. En las últimas consultas populares, la ciudadanía habló con más claridad que cualquier dirigente político. Defendió sus derechos laborales. Cuidó la naturaleza. Reclamó soberanía. Reconoció en la Constitución una base común para vivir con dignidad. Ese país existe. Un país real, más allá de los caudillos y los anti-líderes, que tiene criterio propio y que espera, todavía, que algo esté a la altura de lo que ya demostró ser. El problema no es la ciudadanía. El problema es que no tiene expresión política que la represente. Y esa ausencia no es un vacío inocente, es el espacio que el autoritarismo ocupa cada vez que el campo democrático se niega a disputarlo.

Entonces, ¿dónde está la esperanza?

No está en las próximas elecciones, al menos no por sí solas. No puede estar en un proceso a conveniencia del poder, con contrincantes eliminados y reglas diseñadas para perpetuar lo que ya existe. Elegir representantes no reconstruye lo que esos mismos representantes han destruido. Las elecciones son necesarias, pero no son suficientes. La esperanza está en algo más difícil y valioso, en entender que este momento histórico no solo exige resistir, exige disputar.

Y disputar, en este contexto, tiene un nombre concreto. Un frente democrático amplio. No un partido más. No una candidatura más. Un espacio político con una agenda que no le pertenezca a nadie en particular, y que por eso mismo pueda convocar a todos. Una agenda de disputa, sin la cual ninguna visión de sociedad puede materializarse. Un Estado plurinacional que funcione para el bien común, institucionalidad democrática real, separación efectiva de poderes, derechos garantizados para todas las personas, igualdad y no discriminación. Ese es el terreno que hay que recuperar. Sobre ese terreno, las diferencias pueden discutirse con legitimidad. Sin ese terreno, no hay nada que disputar porque ya habremos perdido el espacio donde se juega.

Esta propuesta puede incomodar, y hay que decirlo directamente. Incomoda a quienes creen que ceder posiciones es traicionar principios. Incomoda a los partidos que prefieren ser la primera minoría a ser parte de una mayoría que exige compartir protagonismo. Incomoda a los partidos y movimientos de alquiler porque les quita su espacio de negociación. Incomoda a los empresarios que se han acomodado al poder de turno. Incomoda a los dirigentes sociales que desconfían, con razones históricas, de cualquier alianza con quienes no comparten su visión del mundo. Todas esas incomodidades son comprensibles. Ninguna justifica seguir como estamos.

Porque el costo de no construir ese frente es que el autoritarismo avance sin que nadie dispute una alternativa real. Cada vez que un actor político elige su espacio sobre el proyecto común, no solo pierde una oportunidad, le cede terreno a quienes no creen en la democracia. Eso tiene consecuencias que se pagan con la vida cotidiana de quienes menos tienen y más pierden con cada crisis.

Disputar la democracia es la condición necesaria para que algún día haya una disputa real y justa de todo lo demás. Los conflictos son reales. Hay intereses que se oponen, hay desigualdades que no son abstractas, hay quienes ganan con las reglas actuales y quienes las pagan. Reconocer eso no es polarizar, es reconocer la realidad. Pero usar esos conflictos para impedir que la mayoría se organice, mientras el autoritarismo avanza, es exactamente lo que el autoritarismo necesita. La unidad no ignora las contradicciones. Las asume, las procesa, y se niega a dejar que se conviertan en fracturas permanentes. Porque la polarización no beneficia a nadie del campo democrático. Solo beneficia a tiranos y caudillos, que necesitan la fragmentación para sobrevivir.

Los procesos de transformación genuina no se construyen en el frenesí del momento. Se construyen con la convicción de quienes saben que cambiar una sociedad toma tiempo, que los procesos importan más que las victorias inmediatas, que cada trinchera cavada para defender al grupo es un puente menos para mañana. La política que solo piensa en el próximo ciclo electoral no disputa el poder, lo fragmenta y lo entrega. Lo que se necesita ahora es generosidad política, que es la virtud más escasa en estos tiempos y la más urgente. No como gesto moral, sino como cálculo estratégico, nadie gana solo, y quien no entiende eso ya está perdiendo.

La esperanza no es un sentimiento pasivo. Es una decisión de disputa. La decisión de que este momento, con toda su dificultad, es el único disponible para actuar. La ciudadanía ya demostró que tiene más criterio que su clase política. La pregunta es si esa clase política va a estar a la altura, o si va a seguir eligiendo su trinchera sobre el país. Recuperar un Estado que funcione, con instituciones que protejan a todas las personas y con derechos que no dependan de quién esté en el poder, no es el fin del camino. Es el comienzo. Es el terreno desde el cual cualquier visión de sociedad puede algún día disputarse con justicia y libertad. O empezamos a disputar ese terreno juntos, o seguimos hundiéndonos en el intento de imponernos.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

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